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El verdadero riesgo no es la IA, es llegar tarde: la mirada de ANDE sobre el futuro de Uruguay
3 de setiembre de 2026 3 minutos de lectura
La inteligencia artificial ya no es una promesa lejana ni una tecnología reservada para las grandes empresas. Está comenzando a modificar la manera en que se trabaja, se producen bienes y servicios y se toman decisiones. Para Uruguay, el desafío no parece estar tanto en evitar ese proceso como en asegurarse de no quedar rezagado.
Esa es una de las principales conclusiones que surgen de la mirada de Juan Ignacio Dorrego, presidente de la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE), quien advierte que el país cuenta con condiciones especialmente favorables para aprovechar esta transformación, pero también enfrenta brechas que podrían profundizarse si la adaptación no ocurre a tiempo.
Uruguay parte de una posición que pocos países de la región pueden mostrar: estabilidad institucional, una matriz eléctrica mayoritariamente renovable, una industria tecnológica consolidada y capacidades científicas construidas durante décadas. Sin embargo, persiste una dificultad estructural: convertir ese conocimiento y esas capacidades en mayor productividad, innovación y valor económico a una escala mucho mayor.
En ese escenario, la inteligencia artificial aparece al mismo tiempo como una oportunidad y como un acelerador de problemas que ya existen.
Más que eliminar empleos de forma masiva, Dorrego plantea que la IA probablemente transforme las tareas que hoy realizan millones de trabajadores. Las actividades administrativas repetitivas, el procesamiento básico de información, la atención estandarizada y buena parte de las tareas de back office están entre las más expuestas a la automatización.
Pero el impacto no será necesariamente igual para todos. La velocidad con la que avance la tecnología puede ser muy superior a la capacidad de las personas, las empresas y las instituciones para adaptarse. Allí aparece, según Dorrego, uno de los principales riesgos para Uruguay: que la transformación tecnológica avance más rápido que la formación y la reconversión laboral.
El problema, entonces, no sería solamente qué trabajos desaparecerán o cuáles surgirán, sino quiénes estarán en condiciones de aprovechar las nuevas oportunidades.
Esa preocupación se vincula con cuatro brechas que Uruguay arrastra y que la transformación tecnológica podría ampliar. Una de ellas es la desigualdad desde la infancia. Aunque los indicadores sociales han mostrado mejoras, la pobreza infantil continúa siendo elevada y condiciona las posibilidades de construir, desde las primeras etapas de la vida, las capacidades necesarias para desenvolverse en una economía cada vez más basada en el conocimiento.
También existe una brecha entre empresas. La diferencia de productividad entre las grandes compañías y las pequeñas y medianas empresas viene aumentando desde hace más de una década. Incluso dentro de un mismo sector pueden encontrarse diferencias muy importantes entre las firmas más productivas y aquellas que permanecen rezagadas. Si las herramientas de inteligencia artificial y automatización quedan concentradas en las empresas con mayor capacidad de inversión, esa distancia podría profundizarse.
La dimensión territorial es otro desafío. La transformación tecnológica no puede quedar concentrada en Montevideo y su área metropolitana. Si las empresas y trabajadores del norte, el litoral y otras zonas del país no consiguen incorporarse al proceso de innovación, la tecnología podría terminar reproduciendo —o incluso ampliando— las desigualdades territoriales existentes.
A esto se suma la brecha de género. La menor participación de mujeres en carreras vinculadas a ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, así como su todavía reducida presencia en los niveles más altos de decisión empresarial, limita la diversidad de capacidades disponibles para la nueva economía. En el interior, además, las responsabilidades de cuidado y las menores posibilidades de autonomía económica pueden convertirse en obstáculos adicionales.
Frente a este escenario, Dorrego también identifica oportunidades concretas para Uruguay. Una de las más importantes está en la bioeconomía, entendida mucho más allá de la producción tradicional de alimentos. Biotecnología aplicada a la salud, biomateriales, nuevos ingredientes y aprovechamiento de residuos son algunos de los campos en los que el país ya cuenta con capacidades que podrían convertirse en nuevas actividades productivas.
Otra oportunidad está en los servicios intensivos en conocimiento. Uruguay logró construir una industria de software con capacidad de competir en mercados internacionales. El desafío ahora es que ese conocimiento no permanezca concentrado en el sector tecnológico, sino que pueda trasladarse a otras áreas de la economía: desde la industria y el agro hasta los servicios y las industrias creativas.
La pregunta de fondo es cómo lograr que la inteligencia artificial no sea simplemente una herramienta que aumente la productividad de quienes ya son más productivos, sino una tecnología capaz de ampliar las capacidades del conjunto de la economía.
Para Dorrego, una parte importante de la respuesta está en la formación permanente. La educación ya no puede pensarse únicamente como una etapa previa a la vida laboral. En un contexto de cambios tecnológicos acelerados, aprender, actualizar conocimientos y adquirir nuevas competencias deberá formar parte de toda la trayectoria profesional.
Eso requiere una mayor articulación entre el sistema educativo, la formación profesional y las necesidades concretas de las empresas. También supone pensar políticas que permitan que las pequeñas empresas, los trabajadores del interior y quienes hoy tienen mayores dificultades de acceso a la capacitación puedan participar de la transformación.
Uruguay tiene, en definitiva, buena parte de las condiciones necesarias para aprovechar el cambio tecnológico. Cuenta con infraestructura, talento, instituciones y una experiencia acumulada en sectores como las tecnologías de la información. Pero esas ventajas no garantizan por sí solas el éxito.
La diferencia estará en la velocidad con la que el país consiga convertir esas fortalezas en nuevas capacidades productivas y, sobre todo, en la capacidad de evitar que la transformación tecnológica deje atrás a una parte de la sociedad.
Por eso, más que preguntarse si la inteligencia artificial será buena o mala para Uruguay, el desafío parece ser otro: qué tan preparados estaremos cuando sus efectos se vuelvan cotidianos. En esa carrera, el mayor riesgo no sería la tecnología. Sería llegar tarde.
Fuente: la diaria, entrevista a Juan Ignacio Dorrego (ANDE), 15 de agosto de 2026.